Bienvenidos a la supervivencia

selibaby--644x362Aisatta Día (arriba en la foto) y Diarra Yatebé están ingresados en el hospital de Selibaby, al sureste de Mauritania. Apenas cuentan con varios meses de vida y ya luchan por la supervivencia. Llegaron hace pocas semanas. Arrastraban los síntomas de la pandemia que padece esta parte del desierto: dolores abdominales, diarrea, fiebre y debilidad extrema. Han perdido, incluso, el reflejo de tragar y ahora reciben alimento a través de una sonda nasogástrica.

Su tratamiento, como el de otros muchos niños en su situación, depende ahora de la ONG Acción Contra el Hambre. «Aisatta llegó con desnutrición severa. Ha ganado casi un kilo, aunque la malaria entorpece su recuperación», relata, visiblemente cansada, la directora del centro Ba Safettan Del Shaphib. En brazos de sus madres, los dos recién nacidos respiran con dificultad. En sus rostros apenas hay una mueca. Sus ojos se pierden en el infinito de esa realidad que les rodea y que no comprenden. Cerca se escucha el llanto de otros pequeños. Una advertencia de que no son los únicos que corren esa suerte.

En menos de un año, cerca de 400 menores han sido atendidos por esta organización en Guidimaka, una pequeña región al sur de Mauritania. Voluntarios de Acción Contra el Hambre se trasladan diariamente hasta las comunidades rurales más apartadas para detectar casos de malnutrición.

La poblaciones viven en pequeñas tiendas de lona roídas por el árido sol africano y que sostienen en pie con palos secos. Los que sufren las consecuencias de una desnutrición moderada son desplazados hasta el centro de salud más próximo, pero antes de proceder con la evacuación, hay que convencer a las familias. «Aquí en el Sahel cada día es una lucha y cada ser humano salvado supone una victoria», cuenta Mohamed Abbas, responsable de nutrición de Acción Contra el Hambre en Selibaby.

En los ambulatorios registran los datos de los niños que reciben cada día, los pesan y toma la medida de sus brazos. Una vez a la semana, los enfermos reciben el plantinat, un alimento preparado especialmente para estos pacientes que no requiere mezclarse con agua. Es una especie de galleta de pasta de cacahuete con un alto contenido calórico.

Las madres guardan su turno a las puertas del centro. Han caminado a pie desde sus hogares decenas de kilómetros a cincuenta grados de temperatura. «Souraghata está mucho mejor y yo me siento muy satisfecho por el trabajo realizado» comenta Gaide Kalidon, director del centro gestionado por la ONG, tras revisar al pequeño.

Armas y drogas

Para llegar hasta allí hay que recorrer una de las rutas que unen Mauritania con el vecino Mali. Una carretera de arena, la misma vía que a veces se emplea para el tráfico de armas y de drogas. Un trayecto que está sembrado de militares y en el que los occidentales son un objetivo de los terroristas.

El camino está salpicado de animales fallecidos por la sequía. En docenas de kilómetros no hay pastos, ni sombra, ni agua. Un anciano, extremadamente delgado, pide agua con una botella de plástico vacía. Y como él, un minusválido se arrastra hasta llegar a uno de los vehículos del convoy.

Es la fotografía cotidiana, la del día a día, en el Sahel. La vida de un millón de niños, como Aissata o Diarra está en peligro en ese lugar del mundo. Una tierra amenazada por un drama humanitario que permanece oculto a Occidente por la multimillonaria crisis del euro.

Información publicada en el diario ABC – :

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